El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Lara se despertó con un sobresalto. El penthouse estaba sumido en un silencio opresivo, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado. Se sentó en la cama, el corazón latiéndole fuerte, la sábana pegada a su piel por el sudor. Había soñado con su madre: un hospital oscuro, máquinas que pitaban sin parar, una mano fría que se deslizaba de la suya. No era la primera vez, pero esta noche el sueño había sido más vívido, más cruel. Respiró hondo, tratando de calmarse, pero el nudo en su pecho no cedía. Se levantó, descalza, y salió al pasillo. Las luces automáticas se encendieron tenuemente, guiándola hacia la cocina. El suelo de mármol estaba helado bajo sus pies, un contraste con el calor que aún le quemaba la piel. Abrió la nevera, sa

