Jimena González salió del penthouse de Álvaro con el mensaje de María Elena resonándole en la cabeza: "Alguien entró al bufete. Papeles revueltos. Creo que fue Diego". El aire de la tarde era pesado, el cielo gris anunciando tormenta, y el peso de las cintas entregadas a la policía no aliviaba la presión en su pecho. Diego Ramírez estaba golpeando desde todos los ángulos —la demanda, los socios, ahora el bufete—, y ella sabía que no pararía hasta que todo se derrumbara. Condujo al apartamento a toda velocidad, el teléfono vibrando sin parar en el asiento del copiloto. Era Álvaro, pero no contestó; necesitaba ver a Sofía primero, asegurarse de que estuviera bien. Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta, un detalle que le heló la sangre. Entró corriendo, llamándola. —¿Sofi? —gritó, el

