Jimena González despertó en su cama con el cuerpo temblando, el eco del escritorio en la oficina todavía quemándole la piel. La noche anterior había sido un torbellino: Álvaro levantándola con manos firmes, sus labios bajando por su cuello, su cuerpo presionándose contra el suyo en una danza que casi los consumió. "No me detengo, Jimena", había dicho, y ella lo había sentido, duro y urgente, antes de que las luces parpadeantes los arrancaran del borde. El correo a los socios había sellado la caída de Victor Lang, pero el fuego entre ellos rugía más fuerte, un grito del silencio que no podía apagar. Afuera, la ciudad estaba en calma, el amanecer gris reflejando el caos dentro de ella. Sofía bajó a las siete, su pijama arrugado y los ojos brillantes de curiosidad mientras tomaba una taza de

