El Etna rugía en la distancia, un murmullo grave que vibraba en el aire cargado de ceniza mientras el motel en Catania temblaba bajo el amanecer. Jimena González estaba junto a la ventana, el USB con la grabación —"La Voz no duerme. El sur grita su nombre"— en su mano, el peso de meses de lucha apretándole el pecho. Álvaro Ramírez revisaba un mapa en la mesa, su rostro endurecido por la falta de sueño, las rutas marcadas en rojo desde Bari a Catania brillando como heridas frescas. María Elena había dejado el USB y se había ido a hackear más datos, y el silencio entre ellos era un filo que cortaba más profundo que las amenazas. —‘La Voz’ —dijo Jimena, girando hacia él, su voz baja pero firme—. Tiene que ser el último. No puedo seguir cazando sombras. Álvaro levantó la vista, sus ojos enco

