El Coliseo se alzaba como una sombra rota bajo el amanecer romano, su silueta recortada contra un cielo que sangraba rojo. En la suite del hotel, Álvaro Ramírez giraba el reloj roto entre sus dedos, las agujas detenidas en las tres, el mensaje garabateado —"El tiempo corre. El Fantasma danza"— resonando como un reloj que sangra en su mente. Jimena estaba a su lado, su respiración cálida rozándole el brazo, el eco de su pasión en el almacén de Trieste todavía quemándole la piel. Carlos había dejado el paquete y se había ido, su figura frágil desvaneciéndose en el pasillo, y el silencio pesaba, el tic-tac ausente amplificando la amenaza. —Trastevere —dijo Jimena, rompiendo el aire, su voz cortante pero suave, tomando el reloj de sus manos—. El Luna Nera. Si el ‘Fantasma’ está ahí, lo atrapa

