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Las campanas del Duomo resonaban en la distancia, un eco grave que se mezclaba con el bullicio de Milán al mediodía. María Elena Castillo estaba en la suite del hotel, su laptop abierta sobre la mesa, la foto de la mujer joven —ojos oscuros, cabello n***o— brillando en la pantalla, la nota al reverso —"El legado no termina. Ella es la sangre"— pesando como una amenaza viva. Jimena y Álvaro entraron desde el callejón de Trastevere, sus cuerpos aún cálidos del amor salvaje contra la pared, el triunfo sobre Matteo Ricci empañado por esta nueva sombra. María Elena giró, su voz cortante cortando el aire. —Es real —dijo, señalando la imagen—. La rastreé. Sara Salazar. Hija menor de Luciano. Está en Florencia, moviendo dinero desde un viñedo. Álvaro maldijo, su mano rozando la de Jimena, y ella

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