El viñedo de Florencia temblaba bajo un viento frío al atardecer, las hojas secas crujiendo en el suelo donde Jimena González y Álvaro Ramírez habían derribado a Sara Salazar horas antes. Ahora, en el auto que los llevaba de vuelta al hotel, el mensaje anónimo —"La sangre no termina. Otros la llevan"— resonaba como un aliento del abismo en sus mentes, una amenaza que se alzaba tras cada victoria. Jimena miraba por la ventana, las colinas toscanas desvaneciéndose en la penumbra, mientras Álvaro conducía, su mano libre rozándole la pierna con un calor que no podía ignorar. —Esto no para —dijo ella, su voz baja, casi perdida en el zumbido del motor—. Cada vez que atrapamos a uno, otro aparece. Él giró la cabeza, sus ojos encontrándola con una intensidad que cortó el aire. —No importa cuán

