La mañana después de la gala amaneció con un cielo gris que amenazaba lluvia, un reflejo perfecto del estado de ánimo que Lara no podía sacudirse. La noche anterior había sido un éxito en la superficie: habían bailado, sonreído, esquivado preguntas incómodas. Pero mientras se despertaba en el penthouse, con el vestido plateado tirado en una silla como un recuerdo, sentía que algo había cambiado. La conexión con Ian en la pista de baile, sus palabras —“No es mi reputación la que me importa”— habían dejado una marca que no podía ignorar. Era como caminar sobre hielo fino, sabiendo que cada paso podía romperlo todo. Bajó a la cocina, descalza y en una camiseta larga, esperando encontrar el lugar vacío. Pero Ian estaba ahí, sentado en la isla con un café en la mano y un portátil abierto frent

