La mañana después del beso amaneció con una claridad que contrastaba con el caos interno de Lara. Despertó en su cama, sola, con el recuerdo de los labios de Ian aún fresco, como una quemadura que no dolía pero no se desvanecía. No habían hablado mucho después; el silencio los había envuelto hasta que ella subió a su cuarto, y él se quedó en la sala, como si ambos necesitaran espacio para procesar lo que habían hecho. El contrato, las reglas, la prensa —todo seguía ahí, pero el beso lo había cambiado todo, y Lara no sabía si era una puerta abierta o una trampa. Bajó a la cocina, descalza y con una camiseta larga, esperando encontrar el lugar vacío. Pero Ian estaba ahí, sentado en la isla con un café en la mano y un periódico doblado frente a él. Llevaba una camisa gris, el pelo aún húmedo

