La ducha había ayudado a Lara a despejar la cabeza, pero no a calmar el torbellino en su pecho. Después de secarse, se puso una camiseta negra y unos jeans, dejando el pelo suelto para que se secara al aire. La visita al hospital y la presencia de Ian ahí habían dejado una marca: no solo había visto a su madre, sino que lo había visto a él, no como el hombre del contrato, sino como alguien que estaba dispuesto a estar en su mundo, aunque fuera solo un momento. Ahora, mientras bajaba al penthouse, sabía que la conversación que había pedido no podía esperar más. El beso, las promesas, la prensa —todo exigía claridad, y ella no podía seguir navegando a ciegas. Ian estaba en la sala, sentado en el sofá con una botella de agua en la mano, la ciudad brillando a través de los ventanales como un

