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Jimena González pasó la noche mirando el mensaje anónimo —"Buen intento. Pero el poder no se rinde tan fácil"— mientras el eco de las palabras de Álvaro resonaba en su cabeza: "No me salvas". El apartamento estaba en silencio, Sofía dormida arriba, pero el peso de las cenizas del trato la mantenía despierta. Raúl Mendoza controlaba Gutiérrez Ventures, Diego Ramírez seguía moviendo hilos desde la cárcel, y Álvaro se hundía en un pozo que ella no podía alcanzar. El costo del poder estaba cobrando forma, y su familia estaba en el centro. A las ocho, el timbre sonó, arrancándola de sus pensamientos. Abrió la puerta y encontró a Carlos González, su padre, de pie en la entrada. Llevaba un traje arrugado, el cabello más gris de lo que recordaba, y una mirada que mezclaba culpa y urgencia. —Jime

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