El domingo por la mañana, el penthouse estaba bañado por una luz suave que se filtraba a través de las cortinas. Lara se despertó temprano, el eco de la reunión familiar todavía zumbándole en la cabeza como un recuerdo cálido. Había dormido mejor de lo habitual, sin pesadillas, y por un momento se permitió disfrutar del colchón mullido y el silencio del lugar. Pero el día no iba a ser tranquilo. Había prometido llamar a Diego, y algo en su interior le decía que necesitaba verlo, no solo hablar por teléfono. Se levantó, se puso una sudadera gris y unos jeans, y bajó a la cocina. Ian no estaba, lo cual era un alivio después de la intensidad de los últimos días. Preparó café, tarareando una canción que no recordaba haber aprendido, y sacó su teléfono. Marcó el número de Diego, esperando que

