El trayecto de vuelta al penthouse después de la cena fue un silencio cortante, como el filo de un cuchillo que ninguno quería tocar. Lara miraba por la ventana del auto, las luces de la ciudad desfilando en un borrón, mientras Ian conducía con las manos apretadas en el volante. La escena en el baño seguía dando vueltas en su cabeza: el roce de su mano, esa frase —“No se siente tan falso ahora”— que la había dejado tambaleándose. No sabía qué hacer con eso, y el eco de Vanessa riendo todavía le quemaba los oídos. No eran celos, se repetía, pero la mentira estaba empezando a pesarle. Cuando llegaron, Ian abrió la puerta del penthouse y entró primero, dejando la chaqueta en una silla con un movimiento brusco. Lara lo siguió, quitándose los tacones en el vestíbulo y dejándolos tirados como u

