Jimena González cerró la puerta de su habitación en el hotel londinense con el corazón latiéndole fuerte, el sabor de Álvaro todavía quemándole los labios. La noche anterior, su beso había roto algo dentro de ella: el muro de desconfianza que había levantado tras años de traiciones, ahora astillado por el calor de sus manos, la urgencia de su voz diciendo "Lo siento desde hace demasiado". La carpeta con las pruebas contra Victor Lang estaba sobre la mesa, un testimonio de su inocencia que ella había aceptado, pero el eco de ese segundo beso —lento, desesperado, sus manos enredándose en su cabello— resonaba más fuerte que cualquier documento. Afuera, el cielo londinense estaba despejado, un contraste cruel con la tormenta que rugía en su pecho. A las siete, bajó al comedor, el vestido n***

