El sol caía suave sobre el patio trasero, una casa de dos pisos en las afueras de la ciudad, con césped corto y un columpio que crujía al viento. Jimena González estaba en la cocina, una taza de té en la mano, mirando por la ventana mientras Lucía, de dos años, tambaleaba en el césped, sus pasos torpes pero decididos. Álvaro Ramírez estaba afuera, agachado a unos metros, sus manos abiertas y una sonrisa que no escondía, su camisa manchada de tierra tras plantar un árbol. Habían pasado tres años desde la tormenta en la cabaña, y la paz se había asentado como una rutina que aún les sorprendía. —¡Vamos, Lu! —dijo él, su voz resonando clara, el apodo cortando el aire—. Un paso más, tú puedes. Lucía rió, un sonido agudo que rebotó en las paredes, y dio un traspié, cayendo sobre el césped con

