La ciudad zumbaba bajo un sol pálido, las calles llenas de ruido y pasos mientras Jimena González empujaba la puerta de una boutique pequeña, el timbre tintineando sobre su cabeza. Sofía y María Elena la seguían, una con una botella de agua y la otra con una tablet, sus sombras cortando el suelo de madera. Habían pasado dos semanas desde la cabaña, el anillo de Álvaro pesando en su dedo como un recordatorio constante, y la boda estaba a días de distancia. El aire olía a tela y perfume, y Jimena frunció el ceño al ver un vestido blanco cargado de encaje en un maniquí. —Ni loca —dijo, señalándolo con un gesto seco—. Parece un pastel. Quiero algo simple. Sofía rió, apoyándose en la pared, su chaqueta de cuero crujiendo. —Simple no es tu estilo, Jime —dijo, su tono mordaz—. Siempre tienes

