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La finca rural olía a hierba y madera quemada, el sol de mediodía calentando la tierra mientras las sillas blancas se alineaban bajo un roble viejo. Jimena González estaba en una habitación improvisada, el vestido gris de seda cayendo recto sobre su cuerpo, sus manos ajustando una cinta en el pelo mientras Sofía entraba, una botella de cerveza en la mano y una sonrisa torcida en la cara. —Te ves rara —dijo Sofía, apoyándose en la puerta, su chaqueta de cuero fuera de lugar entre las flores—. Bien, pero rara. ¿Segura que no quieres el cuchillo? Jimena giró, mirándola por el espejo, su tono seco pero cálido. —Segura —respondió—. Si algo sale mal, te lo dejo a ti. ¿Dónde está Álvaro? —Abajo, sudando con el traje —replicó Sofía, dando un sorbo a la cerveza—. Carlos lo tiene hablando de di

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