El apartamento olía a café y madera vieja, la luz de la mañana colándose por las cortinas mientras Jimena González dejaba una caja blanca en la mesa de la cocina. Habían pasado tres meses desde la boda bajo el roble, el vestido gris guardado en un armario y el anillo de Álvaro brillando en su dedo como un hábito. Él entró desde el balcón, una camisa arrugada colgándole del cuerpo, y frunció el ceño al ver la caja, su mano deteniéndose con una taza a medio camino. —¿Qué es eso? —preguntó, su voz baja pero curiosa, dejando la taza junto al fregadero. Jimena respiró hondo, sus dedos rozando la caja, y lo miró, su tono firme pero con un temblor leve. —Una prueba —dijo—. La compré ayer. Creo que ya no es solo una sospecha. Él se acercó rápido, sus pasos resonando en el suelo, y se paró fre

