La cabaña temblaba bajo un cielo n***o, el viento aullando contra las ventanas mientras la lluvia golpeaba el tejado como un tambor roto. Jimena González estaba en la cama, el sudor pegándole el cabello a la frente, su respiración cortándose en jadeos mientras apretaba la mano de Álvaro Ramírez. Era abril, seis meses después del test en la cocina, y el bebé había decidido llegar en medio de una tormenta que cortó la carretera al pueblo. Él estaba a su lado, una linterna en la mesa y una cuna improvisada —un cajón con mantas— en la esquina, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de miedo y calma. —Respira, Jime —dijo, su voz firme sobre el rugido del viento—. Ya viene. Lo tienes. Ella gruñó, un sonido que era más furia que dolor, y lo miró, sus dedos clavándose en su palma. —No me di

