Jimena González salió del restaurante con el pulso todavía acelerado. La mirada de Diego Ramírez en el pasillo, esa sonrisa que prometía problemas, la había dejado inquieta, y el roce de Álvaro en su brazo no ayudaba. Subió al auto sin esperar a que él le abriera la puerta, necesitando recuperar algo de control. Él se sentó al volante con esa calma irritante que parecía no abandonarlo nunca, arrancando el motor sin decir una palabra. El camino de regreso fue silencioso al principio, las luces de la ciudad deslizándose por las ventanas como un río. Jimena mantenía la vista al frente, pero podía sentirlo a su lado, una presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. Quería preguntarle por Diego, por Valeria, por todo lo que no le estaba diciendo, pero las palabras se le atoraban en la gargan

