El bar olía a cerveza rancia y madera húmeda, las luces tenues parpadeando sobre mesas rayadas mientras Sofía González empujaba la puerta con el hombro, su chaqueta de cuero crujiendo contra el marco. Era un tugurio en el borde de la ciudad, un lugar al que iba cuando el silencio de su apartamento le pesaba demasiado, y esa noche, meses después de ver a Lucía dar sus primeros pasos, el aire fresco no bastaba. Se dejó caer en un taburete, el barman deslizando un whisky sin preguntar, y ella lo tomó, el vidrio frío rozándole los dedos mientras miraba el local casi vacío. —Sofía, ¿eh? —dijo una voz grave a su derecha, cortando el zumbido de una televisión vieja—. No esperaba verte por aquí. Ella giró, el whisky a medio camino de su boca, y entrecerró los ojos al ver a un hombre flaco, de pe

