La finca rural olía a tierra mojada y pastel recién horneado, el sol de la tarde pintando el césped mientras globos amarillos colgaban de un roble viejo. Era el tercer cumpleaños de Lucía, y Carlos había insistido en organizarlo, su figura frágil moviéndose entre mesas con una energía que desafiaba su tos. Jimena González estaba cerca, cortando una torta de chocolate, mientras Álvaro Ramírez colgaba una piñata, Lucía corriendo entre ellos con un sombrero de papel torcido. Carlos dejó una guitarra vieja en una silla, su madera gastada brillando al sol, y se acercó, su voz rasposa cortando el aire. —Nada de piñatas todavía —dijo, señalando a Álvaro, su tono firme pero cálido—. Primero cantamos. Es tradición. Álvaro bajó la cuerda, frunciendo el ceño, y miró a Jimena, que rió, dejando el cu

