La cocina olía a café y pan tostado, el sol de la mañana colándose por la ventana mientras Jimena González dejaba caer una taza vacía en el fregadero, su mano temblando apenas. Habían pasado semanas desde la cena con los amigos, y la casa en las afueras estaba en calma, el patio silencioso salvo por el crujir del columpio donde Lucía, de tres años, jugaba sola. Álvaro Ramírez entró desde afuera, sus botas marcadas de tierra tras revisar el árbol que aún obsesionaba, y frunció el ceño al verla apoyada en la encimera, su cara más pálida de lo habitual. —¿Qué pasa, Jime? —preguntó, su voz baja pero firme, dejando una caja de herramientas en la mesa—. Te ves como si hubieras corrido diez kilómetros. Ella respiró hondo, un nudo subiéndole por la garganta, y giró hacia él, su mano rozando el b

