El penthouse estaba más silencioso de lo habitual esa mañana, como si incluso las paredes supieran que algo se había roto. Lara se despertó con el eco del artículo resonando en su cabeza, las palabras “relación comprada” y “excusa conveniente” clavándose como astillas. No había dormido bien; los sueños habían sido un revoltijo de titulares, cámaras y la cara de su madre, pálida en una cama de hospital. Se levantó, se puso una sudadera vieja y unos jeans, y decidió que no podía quedarse encerrada otro día. Necesitaba moverse, ver algo real, no el mundo de cristal que Ian habitaba. Bajó a la cocina, esperando encontrarlo, pero estaba vacía. Una nota en la isla, escrita con la letra precisa de Ian, decía: *Fui al hospital a hablar con el director. Volveré al mediodía. Quédate aquí.* Lara arr

