La tarde se deslizó hacia la noche con una lentitud que ponía a Lara de los nervios. El penthouse estaba tranquilo, pero la calma era engañosa, como el silencio antes de una tormenta. Después de su conversación con Ian, se había quedado en su cuarto, tratando de ordenar sus pensamientos. La prensa, su pasado, las promesas de él —“Lo hará valer la pena”— se mezclaban en un torbellino que no podía apagar. Había decidido darse una ducha para despejarse, pero ni el agua caliente pudo borrar la sensación de estar al borde de algo que no controlaba. Bajó a la sala pasadas las ocho, con una camiseta gris y unos leggings, el pelo aún húmedo cayendo sobre sus hombros. No esperaba encontrar a Ian, pero ahí estaba, de pie junto a los ventanales, mirando la ciudad con un vaso de agua en la mano. Llev

