El motel en las afueras de Hamburgo olía a humedad y gasolina, las paredes de madera crujiendo bajo el viento helado que azotaba la ventana. Álvaro Ramírez estaba de pie junto al cristal empañado, su camisa arrugada abierta en el pecho, los ojos fijos en la carretera oscura donde las luces de los autos parpadeaban como amenazas. Habían escapado del hotel horas antes, los hombres de Klaus Berger pisándoles los talones tras enviar las pruebas a los socios, y el silencio entre él y Jimena pesaba como un fuego contenido, listo para estallar. Ella estaba en la cama, su teléfono en la mano, revisando mensajes con una tensión que le marcaba el rostro, pero su respiración lo alcanzaba, cálida y viva, un eco del amor que los había salvado en la noche. —Sofía dice que los socios están furiosos —dij

