Jimena González despertó en su habitación del hotel londinense con el eco de la voz de Álvaro resonando en su cabeza: "Quiero más". La noche anterior, en el bar, su roce en la muñeca había encendido algo que no podía apagar, un filo del deseo que la había seguido hasta el sueño, dejándola inquieta bajo las sábanas. Afuera, el cielo estaba gris, cargado de nubes que prometían tormenta, y el itinerario del día —reuniones con los socios europeos, encabezados por Victor Lang— pesaba como una sombra que no podía sacudirse. Álvaro estaba en el centro de todo, su promesa de "demuéstralo" colgando entre ellos como un desafío que no sabía si quería aceptar. Bajó al comedor a las siete, el traje n***o ajustándose a su cuerpo como una armadura que no sentía del todo. Álvaro ya estaba ahí, sentado en

