El penthouse estaba más silencioso de lo habitual esa noche. Después de la conferencia de prensa, Ian se había encerrado en su oficina, y Lara había pasado el día evitando pensar demasiado en lo que había dicho frente a las cámaras. “Estoy aquí por Ian, no por su dinero”. Las palabras le quemaban la lengua cada vez que las recordaba, no porque fueran mentira —el contrato era claro—, sino porque decirlas en voz alta las hacía sonar peligrosamente reales. Se había duchado, puesto una camiseta vieja y unos leggings, y ahora estaba en la cocina, calentando una taza de té para calmar los nervios que no se iban. La puerta de la oficina se abrió a las nueve en punto, y Ian salió con la camisa desabrochada en el primer botón, el cansancio tallado en las líneas de su cara. Lara lo vio por el rabil

