La lluvia había cedido, dejando tras de sí un aire fresco y un cielo que se abría en retazos de azul. Dentro del penthouse, la tensión de la confrontación con Vanessa seguía flotando, pero se había suavizado, como si el eco de sus tacones al salir hubiera llevado consigo parte del veneno. Lara estaba sentada en el sofá, las piernas recogidas bajo ella, una taza de té caliente entre las manos. Ian estaba a su lado, no tan cerca como para abrumarla, pero lo suficiente para que su presencia fuera un recordatorio sólido de que no estaba sola. Habían hablado poco desde que Vanessa se fue. Ian había revisado su teléfono, enviando mensajes a su equipo para asegurarse de que las investigaciones sobre los artículos continuaran, mientras Lara intentaba procesar lo que había pasado. Las palabras de

