Jimena González salió de su habitación en la suite de Cartagena con el cuerpo rígido, el sabor del beso de Álvaro todavía quemándole los labios. Había pasado la noche dando vueltas, atrapada entre el enojo y algo que no quería nombrar. La puerta entre sus habitaciones no cerraba bien, y cada ruido de él —el crujir de la cama, el sonido de su respiración— la había mantenido despierta. Ahora, con el sol colándose por las ventanas, tenía que enfrentarlo. Él estaba en la sala, sentado en un sofá con una taza de café en la mano y una carpeta abierta frente a él. Llevaba una camisa blanca arremangada, el cabello despeinado como si tampoco hubiera dormido mucho. Cuando la vio, levantó la vista, sus ojos grises encontrando los de ella sin vacilar. —Buenos días —dijo, su voz neutra, como si la no

