La tarde del domingo trajo un cielo despejado, pero Lara sentía una tormenta creciendo dentro de ella mientras se preparaba para reunirse con Diego. La sugerencia de Ian —contarle todo a su hermano— había sido un golpe de claridad, pero también de miedo. Diego siempre había sido su roca, su cómplice en los peores momentos, pero confesarle el contrato, el beso, y lo que ahora sentía por Ian era como desnudar una parte de sí misma que ni ella entendía del todo. Sin embargo, sabía que necesitaba su apoyo, no solo para enfrentar a Javier, sino para seguir adelante con lo que sea que ella e Ian estaban construyendo. Se encontraron en el mismo café donde habían hablado días atrás, un lugar sencillo con mesas de madera y el aroma de café recién molido. Diego ya estaba ahí, sentado en una esquina

