Jimena González despertó en un apartamento que ya no sentía como hogar. El mensaje anónimo —"El rey cayó. El trono espera. ¿Lo tomas?"— seguía en su teléfono, un eco del vacío que Diego Ramírez había dejado tras su caída. La televisión estaba apagada, pero los titulares resonaban en su cabeza: Diego detenido, vinculado al asesinato de los padres de Laura Vargas, su imperio desmoronado. Raúl Mendoza controlaba Gutiérrez Ventures, Luciano Salazar había huido, y Álvaro estaba fuera de su vida. Pero el precio era más profundo: Sofía apenas le hablaba, Carlos enfrentaba la ruina de González Imports, y ella misma estaba atrapada en un silencio que pesaba como plomo. Sofía bajó a las nueve, evitando sus ojos mientras tomaba una taza del armario. —¿Vas a quedarte mirando el teléfono todo el día

