Sabrina, mientras Nathan estaba encerrado hecho un manojo de dudas y confusión en su habitación, se puso a revisar la ropa que aquel rubio amargado le había traído. —¡Que horrible! Todas estas batas que me trajo son manga larga y de seda. ¡Odio la seda, es tan resbalosa! —suspiró del fastidio —ah, pero que más las debo usar. Definitivamente, este lugar es una cárcel, y he aquí mi uniforme de prisión: una bata de anciana de color rosa y de paso de seda. ¡Que gustos tan aburridos tiene este hombre! —Se quitó la camisa de Nathan y procedió a ponerse aquella bata. Pronto, la chica caminó hacia el baño, y se vio en el espejo para ver cómo le quedaba aquella prenda de dormir. —Que horror, parezco no sé, como una monja o una princesa de esas de la época victoriana con esta ropa —soltó una r

