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4937 Words
_ Sí señor, no se preocupe- Decía Linda con tanta amabilidad como la había enseñado Herminia ya que llevaba muchos años con ella, prácticamente desde que nació, mientras que Ofelia la miraba llena de orgullo a la vez que acomodaba la mesa para servirles la cena a los señores. Linda era ya toda una gran mujer. Ya no caminaba tras de su madre pegada a su falda y tampoco usaba uniforme ni servía en la casa. Era tratada como de la familia y hasta acudía a un buen colegio gracias a la bondad de la señora, esto, agradecido de todo corazón por ambas y la generosidad era la principal virtud de la pareja, para de esta manera demostrar su agradecimiento. Es por ello que Ofelia siempre  estaba más pendiente de los señores que el resto de la servidumbre. Merecían ellos que sus preocupaciones fueran correspondidas con lealtad, respeto, y sobre todo con mucho trabajo, de calidad para ser mas preciso, que era lo que Ofelia ofrecía.      Linda había crecido muy bonita. Ya tenía dieciséis años y se pronosticaba con solo mirarla que la belleza se anidaría en ella desde ya, para transformar como era evidente desde hacía varios años, su cuerpo de niña, en una linda mujer. Parecía que la belleza había escogido esa casa para hacer allí su nido, solo había que mirar a Herminia y ahora a aquella belleza que crecía.      Iniciaba la noche cuando Lázaro y Andrés Eloy se dirigieron hacia el hospital, la ausencia de llamadas o de cualquier otro anuncio de Herminia, significaba que nada desagradable había ocurrido. Deseaba Andrés Eloy llegar rápido al sitio donde estaba su hijo y así estar cerca de él en ese momento tan difícil. Le aterraba el hecho de que sintiera dolor, que algo le molestara, que sintiera miedo en ese sitio tan horrible. Solo la idea de que despertara y no estuviera él para consolarle ante cualquier situación, significaba una catástrofe para quien quiere y espera lo mejor para su bebé.      Al llegar al hospital, como era muy frecuente, la emergencia estaba abarrotada y no permitían el acceso por esa parte, teniendo los hombres que aparcar el carro en  el estacionamiento del personal, previo permiso del vigilante, y conducirse caminando hasta la puerta principal, para lo cual tenía que caminar considerablemente, pero como la premura era impresionante, esto les parecía como si se tratara solo de dos pasos.      Una anciana con pasos muy lentos, era conducida por un efectivo del ejército de los que custodiaban las instalaciones del nosocomio, hasta la planta baja, venía ella desde el servicio de Medicina Interna, donde su hermana convalecía de una enfermedad vascular.       Ya subidas las escaleras, prácticamente estaban en el área de Cuidados Intensivos, solo les hacía falta unos cuantos pasos más y allí estaba Herminia, cerca de la puerta, de pié, aunque un caballero le había cedido un mueble que había cerca de donde estaba parada. Había muy amablemente rechazado la propuesta alegando que estaba muy tensa para estar sentada.      Al ver a los hombres, sintió que ya no estaba sola y que podía moverse del sitio en donde había estado parada desde hacía varias horas. _ Hola mi amor, hola Andrés Eloy. _ Hola.- Le respondió Lázaro a su esposa. _ Hola- respondió Andrés Eloy con algo de preocupación- ¿Cómo han estado las cosas por aquí? _ No he tenido ninguna noticia hasta el momento.      Herminia luego de contestarle a su cuñado tomó asiento al lado donde se había instalado su esposo y tomó un periódico que estaba cercano, y sin prestarle atención a su contenido fue pasando una por una sus páginas.      Nadie expresaba palabras algunas, así pasaron las horas. A las nueve aproximadamente, una enfermera se asomó a la puerta y pidió hablar con algún familiar del niño Palacios, para lo que no fue necesario que nadie acudiera ya que tenía a Andrés Eloy justo a su lado. _ Yo soy su padre, dígame que pasa. _ El niño todavía no se despierta, pero está estable. _ ¿Y eso que significa? _ Que no ha tenido ninguna complicación. _ Gracias a Dios, pero ¿por qué no ha despertado? _ Eso si es verdad que no se puede saber. Algunos lo hacen muy rápido, otros se tardan mucho tiempo, otros... - Prefirió no continuar, ya que descubrió a tiempo que esto le podría causar una reacción negativa al padre del niño- bueno lo que le quería decir es que se necesitan estos medicamentos urgentes- extendiéndole una receta- y también que necesitamos para mañana cuatro donantes de sangre, necesitamos hacerle otra transfusión, ya sabe, perdió mucha sangre. Pero no se preocupe tanto, esto es una rutina, el niño esta fuera de peligro.      El récipe tenía anotado el nombre de unos medicamentos que urgían. Lázaro se sintió aludido y poniéndose de pié le dijo a su mujer: _  Yo las traeré y ven conmigo que de paso te dejo en la casa- aprovechaba para salir nuevamente  de aquel sitio que le atormentaba. Ambos salieron y el silencio se apoderó de la sala de espera, nadie tenía ánimos para entablar conversación alguna. Una pareja de mediana edad esperaba a que su paciente mejorara, un joven de veinte años, hijo de ambos, a quien habían extirpado un tumor cerebral el cual no se evidenció malignidad.      También aguardaba una señora que esperaba la mejoría de su esposo, a quien le habían instalado un marcapaso. Había un niño de unos doce años, nieto de la señora en cuestión y quien dormía sobre una sabana colocada en el piso sin nada más que evitara la dureza  del mismo.      Unos minutos  más tarde, alguien apagó las luces y comenzaba así la larga espera por que llegara pronto el nuevo día y con él, la grata noticia de la reacción favorable del niño. Pronto llegó Lázaro con los medicamentos y se despidió hasta el siguiente día. Quedó solo Andrés Eloy con el silencio que esas personas fabricaban entre sí, cada cual absorto en su situación que era tan especial para prestar atención a la situación a la de sus compañeros de infortunio. Es por ello que nadie hacía comentario alguno, solo compartían aquella inmensa incertidumbre. Después de haber llevado los medicamentos a alguien que salió después de haber pulsado el timbre, se sentó en el sillón correspondiente, y sin dejar de pensar en su hijo, aguardó hasta que el sol nuevamente se anunciara. Solo le pedía a Dios, que al llegar éste trajese la buena nueva de  que Rigoberto retornaba de su letargo, era eso lo que esperaba como nada en la vida.      Llegó el nuevo día y a las seis y treinta alguien encendió nuevamente las luces que cubrieron la estancia y exponiendo a quien allí se encontrara, a ella. Las personas estaban en la misma posición que cuando las apagaron. Andrés Eloy ni siquiera había acudido a miccionar. Era la hora de pasar a ver a su hijo, para lo cual dirigiéndose nuevamente a una enfermera que había acudido a la voz del timbre le solicitaba el permiso necesario, siendo concedido, utilizando para ello una sonrisa que Andrés Eloy le pareció fuera de sitio, no era este el sitio donde cabría una sonrisa, lo que ignoraba era que la señorita tenía sobradas razones para sonreír.      Al pasar luego de ataviarse de la ropa verde que era obligatorio usar para  poder tener acceso  a la sala, quedó petrificado al ver al niño despierto, contestando preguntas que el médico le formulaba. El niño al ver a su padre, dibujó una sonrisa en la carita risueña llena de hematomas y aún edematizada. Andrés Eloy  lloró de alegría y de emoción al ver tan espectacular imagen. _ ¿Dónde estabas papi? _  Siempre junto a ti mi amor, lo que pasa es que estaba allí fuera. Es que no se puede estar mucho tiempo aquí dentro, no podemos estar muchas personas. Pero dime ¿Cómo te sientes? _ Me duele todo el cuerpo, papá, pero lo que más me duele es aquí – señalando hacia el tubo que aún salía de su cuerpo. _ Ya mi cielo, no hables, no hables tanto que te puede hacer daño.      El niño cerró los ojos y quiso dormir nuevamente  ya que la debilidad le cansaba. _ ¿Porque no me avisaron cuando despertó? – Le preguntó a  la persona que estaba al lado de ellos y que ya se había puesto de pié cuando el hizo acto de presencia para proporcionarle asiento. _  Esto siempre ocurre repentinamente, nadie sabe cuando va a pasar, además era como a las tres de la madrugada- Andrés Eloy respondía con su silencio acompañado de una mirada aprobadora. Se sentó junto al pequeño y le tomó una mano, sintió la tibieza de la misma. El paciente que estaba en la cama de al lado emitió un quejido y el monitor emitió unos sonidos distintos a  los que venía haciendo. El paciente se inquietó, la enfermera hizo unas lecturas al aparato en cuestión, anotó en la historia y le pasó la mano por los blancos cabellos. El monitor continuó con su antiguo sonido.      Rigoberto movió a un lado la cabeza para poder mirar a su padre. Su miraba brillante demostraba que en el interior de esa pequeña cabecita estaban los pensamientos en desorden, no sabía a  ciencia cierta lo que había ocurrido. Tenía pavor de preguntarle a su padre, ya que lo que él y su amigo estaban haciendo era a escondidas de éste.      De pronto recordó la horrible escena cuando se movió bruscamente al toser y sintió la gran molestia en su costado similar a la que le produjo una rama al golpearle mientras caía. Sintió náuseas, tuvo mucho miedo al pensar que su padre le reprocharía su acción y que probablemente le castigaría. Fue  debido a eso que no formuló pregunta alguna. Comenzó a recordar cuando tocando las maderas de la casita del árbol, sintió que todo se movía, y cuando cayó al interior de la misma, vio desprenderse toda la estructura y vio cuando Wilmer caía al vacío. _ Papá, ¿y Wilmer?      Comenzaron a ser dificultosas sus respiraciones. Su rostro comenzó a dibujar una mueca de estupor, le hacía falta el aire. Andrés Eloy miró anonadado cuando una enfermera acudió sin perder tiempo y tras de esta un médico le decía que hiciera salir a la visita.      Al poco tiempo el niño fue intubado nuevamente y conectado al respirador dado la magnitud de la inesperada recaída      El pediatra intensivista de guardia fue notificado y pronto se ponía en camino. El niño cayó nuevamente en estado de inconsciencia. La impresión que le había causado el recordar el accidente le había conducido nuevamente a ese estado. A los pocos minutos el paciente estaba estabilizado ya, pero hubo que mantenerlo así hasta que recobrara nuevamente la conciencia.      Su padre fuera de la unidad estaba en zozobra. Parecía que perdía el control de sí mismo y no sabía que iría a hacer al llegar a ese extremo. Momentos luego un individuo que para él era un galeno le llamó y le invitó a que se calmara que ya el niño estaba bien, que descansaba ahora, que fue solo una recaída muy frecuente en estos casos.      El niño, a pesar de su edad, era muy fuerte de carácter, por lo que su padre  convino en que tan pronto fuese posible, le comunicaría la funesta noticia del fallecimiento de Wilmer. A las nueve de la mañana, ya Lázaro y Herminia habían llegado insistiendo en que Andrés Eloy se marchara a descansar un poco, propuesta ésta que fue rechazada tan pronto se manifestó, explicando lo que según él había sido una recaída. Mientras tanto el niño nuevamente despertaba haciendo movimientos mímicos para que alguien se acercara, lográndolo. Una enfermera se le acercó y le depositó un beso en la frente y le sonrió como solo una madre lo hace.     Tan pronto le fue posible inició las preguntas nuevamente en  procura de conocer el estado de su amigo. Le fueron tomadas varias muestras de sangre para exámenes de laboratorio, pero la que más le dolió fue la punción que se le hizo para extraerle sangre de la arteria radial para la gasometría. También le tomaron varias radiografías y posterior a eso le fue extraído  el tubo torácico. Cuando el padre del niño pudo entrar eran aproximadamente las tres de la tarde, Herminia y Lázaro se habían  marchado ya en horas del mediodía ya que éste tenía una reunión urgente de negocios, y esta era sencillamente ineludible, ella le acompañó debido a intereses comerciales.      Mirándolo así, sin tantas conexiones dispuestas en su cuerpo sintió que definitivamente su niño continuaría en este mundo a su lado. El edema había prácticamente desaparecido en gran parte y solo algunos hematomas continuaban. El personal de enfermería le había aseado y cambiado de ropas, lo que invadía de una suave fragancia el ambiente. Ambos sonrieron al mirarse. Un médico, el mismo que le había recibido unos días antes cuando ocurrió el accidente e ingresara a la unidad de Terapia Intensiva, le comunicó que sería trasladado esa misma tarde hacia una de las habitaciones  en el servicio de traumatología, cosa esta que alegró mucho a todos, especialmente a padre e hijo.      Esa tarde, cuando había sido trasladado ya al área. El niño comenzó su veloz acometida a su padre. _ ¿Por qué no pasan a Wilmer para acá también?, ¿Es que no se golpeó tan duro? Quiero saber si no le pasó  nada.- Su padre le miraba con tristeza.- Él me había dicho que podíamos amarrar las tablas con la cabuya, pero yo le dije que era mejor clavándolas porque así se podían soltar y se espencó toda la casa con nosotros adentro. Pero papá no estés bravo que no lo volveremos a hacer- Se justificaba al niño ante su padre ignorando la magnitud de toda la historia. Quiso Andrés Eloy que no se enterara de nada aún hasta por lo menos el día siguiente cuando se le hubiese preparado  psicológicamente. Evadía así el difícil reto, sabiendo que Herminia con su delicadeza de palabras le ayudaría en tan delicado cometido.      Durante toda la noche solo le aplicaron calmantes en dos ocasiones amén de los antibióticos, teniendo su padre  suficiente tiempo para dormir algo, no había paciente en la cama de al lado, cosa ésta que fue aprovechada por el cansado hombre.      Había consultado a los médicos sobre si se le debía explicar lo que en realidad ocurrió su amigo y estos le habían recomendado que esperara algo de tiempo, por lo menos hasta que hubiese egresado del hospital.      A la hora de la visita se presentaron Lázaro y Herminia, acompañados de Ofelia, Linda y Ernesto, quienes habían hecho un alto en sus quehaceres para visitar al niño. Antes de que entraran, Andrés Eloy se preocupó por advertirles de lo que los médicos habían recomendado acerca de la información a dar al niño.      Le fueron obsequiadas muchas frutas y el niño inmediatamente comió varias uvas que eran las que más prefería de todas, y las demás le dijo a su padre que las guardara para después. Transcurrió la hora de la visita entre bromas y chistes, evadiendo las preguntas que el niño formulara acerca de su amigo, la astucia en las evasivas  era grande, cuando ya creían que no podían ocultar por mucho tiempo la noticia original, un efectivo del ejercito los conminó a retirarse  del recinto, a lo que todos accedieron con premura.  Ofelia le había preparado algo de comida a Andrés Eloy y después de que se habían marchado todos, comió con glotonería por que el hambre era mucha. Luego se duchó aprovechando que el niño dormía, posterior a esto llevó una silla junto a la ventana y mirando por ella comenzó a pensar.      Pensaba en lo desgraciado que serían Nicolás y su familia por la desgracia recién vivida, en lo que estarían haciendo actualmente. Debieron comprender que si no  estuvo con ellos fue por que necesitó estar al lado de su hijo, ellos sabían que era necesario y le comprenderían. Tuvo una impresionante pilo - erección al solo pensar que su hijo también pudo haber corrido similar suerte. ¿Cómo podría soportar la vida si su hijo hubiese muerto en aquel maldito accidente? Dicen que en esta vida nadie es indispensable, pero él no compartía esa opinión, pues, su hijo era indispensable para él. Es por ello que daba eternas gracias a Dios por que su hijo estaba con vida y lamentaba en lo más hondo de sí, la muerte de su mejor amigo.      Muchas veces la vida era difícil de comprender. ¿Cómo era posible que una inocente travesura pudiera resultar en una gran tragedia? Había ocurrido para desgracia de todos, ahora lo más importante era que su niño se recuperara, por lo que por lo pronto trataría de no tocarle el tema y contestarle con alguna respuesta inocua antes de hablarle claro. Llegó así la noche mientras él pensaba en su hijo. Éste observándolo como muchas veces, prefirió no interrumpirlo y volvió a dormirse sin molestarle.      En la madrugada, después que le habían administrado un analgésico debido a un intenso dolor que sentía en la herida del muslo por donde le fue corregida la fractura del fémur, no pudo conciliar nuevamente el sueño. Media hora después el medicamento había logrado su propósito y el niño que aún continuaba sin poder dormir, aprovechó para platicar con su padre, quien también estaba afectado de insomnio.      Habiendo iniciado una vez más, muchas preguntas sobre Wilmer, Andrés Eloy sintió la necesidad de contarle una historia que desde niño sabía y para lo cual no encontró mejor momento para narrarla. Prestando mucha atención, Rigoberto le miraba fijamente a sabiendas de que su papá alguna lección le quería dar con la historia prometida, dado que cada vez que lo hacía siempre él comprendía la moraleja presentada:  “Era inmenso el reflejo que producían los rayos del sol naciente sobre aquella blancura que era capaz de quitar la vista a quien afortunadamente le mirase. Era un blanco espectacular, un blanco que jamás se había observado. Solo en la naturaleza estaba presente en las nubes puras y divinas o en las blancas plumas del cisne, o en aquel perfecto color que era el centro de aquella mirada ingenua y pura de Daniel.      Cada mañana, religiosamente se trasladaba, es decir, su madre le llevaba después de tanta insistencia, hacia el patio de la casa de campo donde la inmensidad de la tierra era posible divisar con solo extender la mirada.     La tierra cubierta por la magia de la vegetación era ilimitada, extensa, solo era sustituido ese verdor, por el cerúleo espacio que producía una indescriptible sensación   al mirar y admirar lo que a la vista llegaba.      No había pasado mucho tiempo desde que los gallos habían iniciado su eterno ritual, esta vez invitando a todos los moradores a dar la bienvenida al nuevo día, cuando el  niño estaba ya en el patio de la morada familiar, que aunque solo era utilizada para el veraneo, desde hacía algún tiempo, era declarada residencia permanente de la familia después del triste acontecimiento.      Daniel no sabía de donde venía, si era libre o tenía algún dueño, solo llegaba precisamente algunos minutos después de que su madre, al cerciorarse de que todo estaba bien, a insistencia de él, le dejaba solo, pues de lo contrario no llegaba.      Pastaba sigilosamente dando leves pasos sobre la hierva aún mojada por el rocío, elevaba su cabeza ocasionalmente mirando en derredor y después, dirigiendo la mirada hacia el niño, le regalaba sus ojos hermosos por unos minutos, como diciéndole algo que con palabras se tardaría toda la eternidad.      El blanco corcel era una maravilla, Daniel desde hacía varias semanas lo contemplaba detenidamente lleno de sorpresa y miedo, en una rara mezcla de esos sentimientos. Como quería montarle, cabalgar sobre él por el eterno valle y sentirse como el viento, tan libre como espontáneo y capaz de moverse en la dirección que mejor le pareciese. Pero miraba aquellas ruedas, una de cada lado, se palpaba las delgadas e insensibles piernas inmóviles que le prohibía sentirse tan libre de poder dirigir sus pasos por la vida, y sus ojos se nublaban y posterior a ello, un manantial descendía en un nostálgico llanto.      Habían pasado dos años. Contados eran cada uno de los días en que en el lujoso apartamento de la gran urbe, despertó una mañana que pudo ser muy bonita, con un intenso dolor en las piernas y al tratar de levantarse de su cama, solo logró una caída que le dejó inconsciente, puesto que siempre se ubicaba en la parte superior de una litera, y la altura era considerable.      El fuerte impacto sobre el piso le provocó una lesión severa y solo recuperó la conciencia después de dos días de estar internado en una unidad de terapia intensiva. Desde ese entonces, y pese a los esfuerzos de los médicos en diversos países hasta donde fue llevado, era declarado incapacitado de mover sus piernas.      Daniel se sentía cada día más atado a aquella silla de ruedas que desde el primer momento rechazó. A sus escasos diez años era ya capaz de comprender la importancia que significa el caminar. Los primeros días de ese suceso  fueron muy difíciles y su drama le hostigaba hasta la locura al igual que a sus sufridos padres.       Depresión, llantos, rabietas y gritos bruscos, era la reacción que el niño presentaba, postrado en su cama. Los días y las noches eran iguales para él. Conoció muy de cerca al insomnio  y col él compartió varias veladas. Rechazaba el alimento, se convirtió en un niño callado y muchas veces se le escuchaba hablar solo, en voz muy baja. Únicamente quería correr, saltar, caminar como todo ser lo hace, y sobre todo, jugar como todo niño, que para jugar vive.      En una interminable noche, en los pocos minutos que lograba conciliar el sueño, una visión se le manifestó presentándole un sitio muy hermoso, un verde valle rodeado de montañas con una vasta vegetación y centenares de animales correteando en todas direcciones.  Y por supuesto, él corría con unas piernas muy ágiles, con todos sus sueños infantiles transportándolo hacia la felicidad suprema.      En la mañana, cuando su madre fue a darle los buenos días, le manifestó el deseo de vivir en el campo. El médico que le atendía coincidió en que era realmente importante para el niño salir de aquel cuarto que le aprisionaba, y que no había mejor idea que respirar el aire puro y contemplar la naturaleza.      Daniel ya no era feliz, sus padres intentaban hacer todo para regalarle un poquito de alegría y todo era en vano. Se le habían borrado sus sonrisas. A tan corta edad aquel niño había madurado ya lo suficiente y sus pensamientos y su vida misma rechazaban la existencia. Los juguetes que estaban esparcidos por toda la habitación no le producían la menor satisfacción. Es por ello que no se presentó mejor oportunidad que aquel deseo de Daniel de querer vivir en el campo.      Frecuentes visitas de familiares y amigos producían, al contrario de lo que se esperaba, una intensa depresión al sentirse blanco de la lástima y compasión de quienes le contemplaban sumergido en una cama sin poder mover sus piernas. Sentía el niño que su felicidad se había esfumado, que ya nada tenía sentido y que la vida le era una carga muy pesada.      Sus padres lo arreglaron todo y se fueron a vivir al campo. En las interminables noches, solo las oraciones de petición a Dios ocupaban su mente. Daniel se afianzaba cada vez más a su gran fe y le pedía, confuso, a nuestro ser supremo, algún día poder caminar como antes. Cada vez que finalizaba sus oraciones, sentía en el fondo que dichos ruegos no eran perdidos en el tiempo y que el Señor en alguna oportunidad le devolvería sus piernas. Pero al día siguiente su frustración era enorme al sentir que estas no respondían a su voluntad.      Desde que inició su nueva vida, el hecho de estar tan cerca de la naturaleza, de palparla tan oportunamente, le hacían sentir muy cerca de Dios, y sentía que estaba más cerca de la esperanza de poder algún día correr junto al viento. Le dijo a Dios en una de sus oraciones que no le pediría con tanta insistencia que le permitiera caminar, que él decidiera, que su voluntad se cumpliera. Si era de estar para siempre en la silla de ruedas, lo estaría y si era de caminar, caminaría, pero todo, como su voluntad se lo permitiere.      Los días pasaban y nada nuevo a su vida llegaba. Allí estaba, en su silla de ruedas, sin poder mover sus piernas. Cada día insistía a su madre que le llevara al patio muy temprano, y cada vez le encantaba más como la gélida brisa chocaba contra su rostro. Todo era mirado por el niño, no había movimiento que pasara desapercibido. El volar de un ave, el surcar el espacio una libélula, o el hurgar entre las flores las abejas.      La incapacidad de poder caminar le había producido un aumento en su poder visual que le permitía literalmente, caminar con sus ojos. En algo había cambiado su vida desde que llegó a la casa de campo, desde que empezó a sentir tan de cerca la maravillosa naturaleza. Cada amanecer producía en él un deleite, el alba era para bien decir, una obra de arte. No en vano muchos pintores habían plasmado el alba en miles de lienzos y los poetas le habían dedicado  tantos versos. El brillo del sol, el azul del cielo, el verdor de los árboles, la maravilla de la creación. De esa forma sentía que cada día era depositada la bendición de Dios sobre todos nosotros, y crecía su fe.      ¡Cómo eran agitadas las ramas de los árboles! Era de admirar con que fuerza el viento azotaba las ramas y ellas se movían sin cesar pero sin sufrir daño alguno, la sutileza de la fuerza, la armonía de la naturaleza. Daniel lo miraba todo, completamente todo. Nada escapaba a sus miradas, el deleite de la naturaleza le permitía por momentos no pensar en su invalidez, o era probablemente que cada vez iría aceptando su situación, se acostumbraba a ella, o palpaba otros valores de la vida desde allí, desde su silla de ruedas.      Hacía varios días en que un  nuevo elemento admirable se presentaba ante sus ojos. Cada mañana, al quedar solo ante la inmensidad del patio, Daniel se daba cuenta de la presencia de aquel hermoso ejemplar, de aquel caballo blanquísimo. No le sentía aparecer, repentinamente estaba allí, corría en todas direcciones, se detenía, caminaba despacio y llegaba muy cerca de él y justo allí comenzaba a alimentarse, aunque más bien parecía acariciar con su hocico el verde pasto. Daba breve pasos y luego le dirigía aquella larga mirada. Desde el primer día que le vio lo esperaba con ansias. Parecía decirle algo con esa especial forma de mirarle. Cada día permanecía frente al niño por largo, corría sin parar, iba y venía, y se detenía justo cerca de él, le miraba fijamente y luego desaparecía con un trote silencioso y magnífico.      Le  provocaba montarle, cabalgar en su lomo y sentirse tan libre como él. Cada día era lo mismo, había llegado un significado a su vida, esperar con tanto deseo al nuevo día era ya su forma de vivir, soñar con el caballo blanco y pensar todo día en él, eso le deleitaba. Aquel día, cumpliría un año más el niño, Danielíto como le decía su madre, Dani como le llamaba el padre. Ese día se trasladó algo más tarde hacía el patio, pues se despertó más allá de la hora acostumbrada debido a que dedicado a sus oraciones, concilió en sueño tardísimo, por no percatarse del transcurso del tiempo.      Había despertado varias veces durante la noche, el reloj marcaba las tres de la madrugada y escuchó el canto de los gallos y la eterna orquesta de los pícaros grillos tratando de llamar la atención de sus compañeras. La ventana estaba abierta y sentía el frío taladrarle, cosa que resolvió envolviéndose en un grueso cobertor que estaba cerca de sí.          Dejando solo sus ojos libres, miraba el mar de estrellas   que divisaba a través de la ventana. Recordaba que su madre le había narrado algún día que él había nacido a las cuatro y media de la madrugada, así que quiso esperar  aquella hora y pensar en cuando vino al mundo, en como debieron moverse sus piernas con tanta agilidad como solo un recién nacido lo hace. Lleno de tristeza se quedó dormido después de la hora esperada, después de oraciones y recuerdos.      Por ese motivo aquel día acudió tarde a su matinal cita. Su madre después de besarle la frente, le dejó solo. Un diminuto pajarillo volaba cargando es su pico a una ramita seca y se dirigía luego hacia lo más alto de un árbol en un constante ir y venir, construyendo su nido, la magia de la perpetuidad de la especie le despertaba aquel instinto.      Entretenido en el movimiento gracioso del pajarillo, tampoco esa mañana se percató de la llegada del blanco corcel. Allí estaba, en medio del inmenso valle. El mugir de una vaca llegó hasta sus oídos seguido de la voz de su becerro que parecía contestarle. Apareció el hermoso animal, el delicioso caballo blanco y corrió como siempre en  todas direcciones, elevando al niño hasta lo máximo del deseo de subir a él y correr con el viento, como lo hacía aquella blancura divina.      
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