Me acurruco en el suelo, hecha un ovillo, y resisto su ataque. No puedo moverme para defenderme con los cuatro atacándome a la vez. Toda esta pesadilla dura solo unos minutos, pero parecen horas, mientras me patean y me insultan llamándome gorda, puta, zorra y cualquier otra cosa que se les ocurra con su limitado vocabulario. Suena el timbre, indicando que las clases están a punto de empezar. Por fin dejan de agredirme. Sigo tirada en el suelo, respirando con dificultad mientras intento recuperar el aliento. Me duele todo el cuerpo y siento que se me cierra la garganta; las lágrimas amenazan con caer, pero las contengo. No voy a parecer débil delante de esta zorra. ̶¡Vuelve a interponerte en mi camino, zorra, y te entierro! ¡No tienes ni idea de con quién te estás metiendo!, grita la zorra

