—Obviamente no todos me desean, pero tú sí —sonríe—. Abre esa boca de zorra. No tengo oportunidad de responder. Al instante siguiente, me agarra la mandíbula y me la abre a la fuerza antes de meterme su pene en la boca. Considero morderle el pene y mis intenciones deben reflejarse en mi rostro, porque me mira. —Muérdeme y será lo último que hagas con esa boca. No tengo problema en romperte la mandíbula —me gruñe. No me cabe duda de que él también lo haría. Intento apartarme de su pene, pero me sujeta la cabeza y me deja la boca abierta. —Eso es. Trágatelo. Esto es lo que querías, ¿verdad? —me mira con desprecio—. Ahora fóllalo como la buena perrita que eres. No sé si volveré a ser tan generoso. No quiero admitirlo, pero sus palabras degradantes me excitan y lo odio. Se supone que esto no d

