(AIKO) La jornada había sido interminable. Informes, firmas, discusiones con los consejeros… todo parecía repetirse como un ciclo sin fin. Me había obligado a mantener la mente ocupada, a no dejar espacio a lo ocurrido con Ryu días atrás. Sin embargo, apenas escuché que había venido sin previo aviso, mi pulso se aceleró contra mi voluntad. La puerta del salón se abrió y ahí estaba: firme, con ese porte imposible de ignorar. Kaeda lo acompañaba, aunque era evidente que ni siquiera él había podido detenerlo. —Ryu-dono… —dije con frialdad, obligando a mi voz a sonar distante—. Llegas sin ser llamado. Él me sostuvo la mirada, sin una pizca de disculpa. Se acercó con pasos seguros hasta quedar frente a mí. —No vengo por negocios esta vez. —¿Entonces para qué? —quise sonar desafiante, pero

