La noche se había convertido en mi enemiga. Oscura, interminable, cargada de silencios que no me permitían escapar de ella. Durante días no la había visto más que en fragmentos robados: informes que llegaban a mis manos, fotografías de sus reuniones, breves descripciones de Kaeda o de mis propios hombres infiltrados cerca de su residencia. Era un suplicio. Un castigo que no me dejaba respirar. Me había acostumbrado a verla, a sentir su presencia, a sostener aunque fuera con los ojos esa distancia que ella siempre imponía entre nosotros. Y ahora, en su ausencia, todo lo que quedaba era el recuerdo de la noche en que casi la hice mía. La imagen regresaba como un demonio que me perseguía: su cuerpo cálido contra el mío, el perfume de su piel mezclándose con la sangre y el humo de la bat

