Las voces de los presentes se fueron apagando poco a poco cuando los abogados extranjeros cerraron sus carpetas. El acuerdo preliminar estaba hecho. Todos se levantaron con gestos cordiales, reverencias medidas, miradas cargadas de cálculo. Aiko se puso de pie con la misma elegancia con la que había mantenido su máscara durante toda la reunión. Su voz clara llenó la sala cuando se despidió de los presentes: —Agradezco su tiempo y la confianza. Estaré atenta a la próxima invitación con los líderes en persona. Algunos de los extranjeros asintieron con respeto, otros apenas ocultaban el gesto de sorpresa: no esperaban a una mujer que no solo resistiera, sino que impusiera. Yo, mientras tanto, solo la seguía con la mirada. El recuerdo de su muslo caliente bajo mi mano todavía me quemaba l

