Tomé aire y me giré hacia la mesa donde aún descansaba el sobre. Aquel maldito sobre que Hiroshi había recibido poco antes de su muerte. Un sobre que había traído consigo más dudas que respuestas, y que ahora podía ser la clave para entender qué fuerzas se movían alrededor del clan. Mis dedos rozaron el papel. El corazón me palpitó con fuerza, pero no por Ryu esta vez. Sino por la certeza de que en esas páginas había piezas de un rompecabezas que no había terminado de armar. Con decisión, llamé a Kaeda. A los pocos minutos, su presencia llenó la estancia. Entró con la disciplina de siempre, firme, los ojos atentos a cada detalle, como un soldado dispuesto a cumplir incluso las órdenes más difíciles. —Mi señora —se inclinó con respeto, aguardando. Me quedé en silencio un momento, obser

