La habitación aún olía a él. A humo, a sexo, a ese perfume amaderado que usaba en las noches que decidía tocarme como si fuera su única posesión en este mundo. Estaba tendida a su lado, con la sábana cubriéndome a medias, el cuerpo aún sensible por lo que había pasado hacía minutos. Y fue entonces que, sin preludio, sin girarse siquiera a verme, soltó la frase que partiría mi mundo en dos. —En dos semanas serás oficialmente mi esposa. Parpadeé, creyendo que había escuchado mal. Me incorporé, sosteniéndome en un codo. —¿Qué… dijiste? —Lo que escuchaste —dijo, con la voz tranquila, como si hablara de un nuevo traje o una compra sin importancia—. Desde mañana dejarás las misiones. Asumirás tu lugar. Tienes que comenzar a actuar como lo que serás. La mujer del líder. Mi corazón se detu

