La noche había caído sobre Tokio, pero mi mente ardía como si fuese mediodía. No podía pensar en otra cosa que en esas miradas. En esos bastardos devorándola con los ojos, atreviéndose a alabar su belleza frente a mí. Había soportado lo suficiente. Cuando por fin la vi, en los jardines de su residencia, con la luna acariciando su silueta, todo lo que había contenido se rompió. —Aiko… —mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Ella giró apenas, elegante, distante. —Ryu. No esperaba verte tan tarde. Su calma era como un veneno. Una calma que me consumía, porque en mis venas no había paz, solo tormenta. Me acerqué sin pedir permiso. Cada paso era un desafío contra mi propio control. —No sabes lo que fue escuchar cómo hablaban de ti. —Me detuve a un suspiro de su espalda, el aire ca

