Esa noche, Hiroshi no me miró como un m*****o de su organización. Era su sombra. Un adorno más. Una acompañante “necesaria” para dar una imagen de orden frente a los demás líderes de clanes. Al menos, eso fue lo que me dijeron cuando me entregaron el kimono y el perfume costoso. “Necesitas mostrar respeto, pero no hablar a menos que él lo indique”, me advirtió Kaeda antes de que saliéramos. El lugar no era un salón de reuniones. Era un teatro de poder masculino. Iluminación baja, cortinas pesadas, risas cargadas de arrogancia y copas llenas de licor que no dejaban de fluir. Las geishas danzaban entre los presentes como peces sensuales en un estanque venenoso. La música se ahogaba entre risas profundas y gemidos que no venían de la garganta… sino del placer descarado. Yo me senté a su l

