El abogado se apresuró a sostener a la señora Ninette justo en el momento en que su cuerpo comenzaba a desplomarse como una marioneta sin hilos. Se arrodilló junto a ella, desesperado, y llevó los dedos al cuello con rapidez. Su rostro palideció al instante. —Maldición… —murmuró, sintiendo el peso del pánico como una losa sobre el pecho. La recostó con cuidado en el suelo frío de mármol y, sin perder tiempo, comenzó a hacer compresiones torácicas. —¡Vamos, señora Ninette, por favor, resista! ¡Vamos! La mansión, que siempre había sido símbolo de elegancia y poder, ahora se llenaba de ecos frenéticos y pasos apresurados. Minutos después, el sonido de la ambulancia rompió el silencio con su urgencia ensordecedora. El equipo médico tomó el relevo y subió a Ninette al vehículo. En el traye

