Su mirada, turbia y desenfocada, vagó un instante por la habitación antes de encontrarme. Cuando al fin me reconoció, una sombra de alivio cruzó sus ojos cansados. —¿Sigues aquí…? —murmuró, su voz apenas un soplo. Sonreí, aunque sentía las lágrimas a punto de traicionarme. —Nunca me fui. Él cerró los ojos un instante, como si intentara retener mis palabras, como si el saber que yo seguía allí fuera la única ancla que tenía. Y entonces, con esfuerzo, sus labios se movieron. —Te escuché… —dijo, tan bajo, que casi dudé haberlo oído. Mi corazón se detuvo por un segundo. —¿Qué escuchaste? —pregunté, temiendo la respuesta. Lysander abrió los ojos, aún con dificultad, y sus dedos se aferraron a los míos con una fuerza inesperada. —Todo —susurró. Mi respiración se cortó. No había marcha

