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Cinco minutos después encontré otra en el marco del espejo del pasillo. Y una más, escondida entre los libros de la repisa. Una producción digna de thriller barato. Me senté en el sofá, con las cámaras en la mano, esperando. Cuando la cerradura giró y Lysander entró, con esa tranquilidad de quien viene silbando y sin idea del infierno que lo espera, lo saludé como si nada. —Hola, amor. Qué bueno que llegas. Estaba limpiando… y mira lo que encontré. Extendí la mano y dejé que las cámaras cayeran una por una sobre la mesa, como fichas de dominó. El sonido fue satisfactorio. Él se congeló. —Mina, no es lo que… —Te juro que, si dices “no es lo que parece”, te lanzo una de estas directo al culo —interrumpí, con una sonrisa amable. —Solo eran por seguridad. Por si te pasaba algo estando

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