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1572 Words

La sangre de Lysander cubría mis manos. Miré mi vestido, mis brazos… estaba empapada de él. El rojo oscuro se extendía sobre la tela como una marca indeleble. Sus últimas palabras resonaban en mi mente una y otra vez, como una letanía imposible de silenciar. —¿Qué has hecho? —grité, girándome hacia Samara—. ¡¿Qué demonios hiciste?! Mis manos temblorosas acariciaron el rostro de Lysander, buscando retenerlo, mantenerlo despierto, mantenerlo mío. —Lysander… no cierres los ojos. ¡No los cierres! —supliqué, la voz quebrada—. ¡Por un demonio, no los cierres! Pero era inútil. Sus párpados pesaban más que el mundo mismo. Su respiración era un hilo frágil, casi imperceptible. —¡Necesito un doctor! —grité, mirando desesperada a mi alrededor. La seguridad privada ya había reducido a Samara. Su

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