La noticia fue como una puñalada directa al corazón de Mina. Podía sentir con crudeza cómo la mano huesuda de Zara giraba el puñal lentamente, saboreando su agonía con una sonrisa maliciosa. —¿En serio? Vaya… enhorabuena —dijo Mina con una sonrisa que parecía tallada en piedra. Su voz era tranquila, casi burlona—. Bien dicen que Dios los cría... y el diablo los junta. Zara arqueó una ceja. —¿Qué has dicho? —Lo que oíste, escuálida. Ahora, hazme el favor de salir de mi habitación. Ya dijiste lo que tenías que decir y, aunque no me interesa en lo más mínimo, tuve que escucharlo. —No pienso irme. Esta es la habitación más cercana a la de Lysander, así que eres tú quien debe empacar sus trapos e irse a otro lado. Mina cruzó los brazos y alzó la barbilla con altivez. —¿Sabes qué? Solo po

