Capítulo 1 (no editado)

2489 Words
24 horas antes. Durante las horas eternas en la fatiga de una voz mecánica frente una masa de alumnos. Se distraía dibujando detrás del cuaderno sus sueños de bailarina, trazando una figura femenina, sutil y delicada en un vestido del color a las nubes en despeje y alas como aves de altamar. Disfrutaba de componer magistrales obras en el proyector de la mente, oír la ola fluir de los aplausos, cantos de elogio y recibir flores de un amante desconocido. Quería bailar, siempre bailaba, lo hacía con gracia desde su origen. —Lakai —susurró una voz a su espalda. De soslayo en un medio giro asintió, nerviosa —¿Irás a la reunión?  Negó de espaldas concentrada en el arte. —Deberías ir, tu tía no puede ser tan... El sonido de una regla golpeó el pupitre, el joven de la voz, sobresaltó en el asiento. —Danny, ¿otra vez? —dijo entre dientes la profesora. Los ojos verdes, cabello castaño hasta la nuca y años de experiencia educativa que le sobran y bastan, se reflejan en cada pliego de su piel. Danny recto, callado y avergonzado, pues todos lo veían excepto Lakai, que se había detenido en el transcurso de hacer las piernas de la bailarina. A ella le temblaba el pulso, ocultó el dibujo con su brazo derecho que estaba cubierto por la manga del suéter. La profesora con una sonrisa gatuna, labios carmesí de algún labial en descuento, se acercó a Lakai inclinando su espalda y llevando ambos brazos atrás. —Muy lindo plasmar lo que deseamos ser algún día en un cuaderno durante las horas de formación social, ¿no? —dijo cada palabra como una serpiente espera a su presa. Lakai no respondió. —¿Puedo verlo? Ella negó. —Vamos, somos amigas, todos somos amigos, el compañerismo es absurdo, ¿ves que nadie es capaz de defender a una tímida chica como tú? Eso es ser buen amigo, que la valentía valga para la individualidad, no todos los días admiras —recorrió con la mirada el salón para volver apreciar a Lakai quien ya estaba asustada—, a un grupo tan preocupado por una de los suyos. —Palpó el hombro de Lakai, la  mano de la profesora hizo un escalofrío en el cuello—. Entrega el cuaderno, por favor. Cerró el cuaderno tragando saliva con dificultad inherente. La sonrisa de la profesora se ensanchó cuando recibió el cuaderno que tiene la fotografía de la artista favorita de Lakai en la portada; una bailarina famosa en el Sector 25-H apodada Trishna. Humedeció el dedo para hacer una inspección a los apuntes. Le impresionó que Lakai fuera tan ordenada y pulcra; pigmentos de rayas coloradas en títulos, perfecta caligrafía y pocos errores a lapicero. Enfocándose en la lección actual con temas del pasado, quizá para la memoria de una ataúd viviente como ella era una burla a su profesión, centró la vista en la página reciente. —Lakai, ¿por qué no tienes apuntes de la clase? —preguntó manteniendo la sonrisa. —Disculpe —murmuró Lakai. —¿Cómo? —La sonrisa de la profesora se desvaneció. El sonido de las aspas de los tres ventiladores, producían impaciencia en cada giro. —Discul... La regla de metal partió el labio superior de Lakai, cayendo del asiento al recibir el impacto certero de la profesora. —No tienes vergüenza. —Se dirigió al escritorio para tomar el encendedor que extrajo de la cartera. Dejó la regla en el escritorio y se acercó hacia Lakai quien tenía la mirada fija en el suelo—. Admiras una puta de lujo en el Sector 25-H en lugar de admirar nuestra tierra y sus riquezas. Danny quiso ayudar a Lakai. La profesora advirtió el amago y la mirada, hecha un glacial en el ártico, terminó de convencer al pobre Hércules en la odisea de una aventura que culminaría con un castigo. —Bienvenida a la realidad, Lakai —dijo la profesora con una mirada de odio profundo a la niña que rehuía la vista en la cerámica. El aroma a papel quemado impregnó el aula seguido del humo que acariciaba el rostro de los estudiantes. Dejó caer el cuaderno cerca de Lakai y prosiguió con la clase ignorando el sollozo de la joven. Ella presenció sus sueños hundirse en las danzas que seguían el vals de las maravillas en las ocurrencias de las llamas. La tinta de la impresión a color de su maestra omnipresente a la inspiración de una carrera artística en tiempos de guerra, envuelta en la deforme mancha oscura, consumiendo hasta el último borde de la ensoñación. Sus lágrimas no apagaron el fuego de su anhelo. *** 22 horas antes. Viajaban en la carretera en una camioneta azul marino de vidrios blindados como las puertas. Entre los brazos tenía el peluche de un tigre exhibiendo las fauces, embriagada por el celaje pictórico de las montañas hechas siluetas en la distancia, creyendo ver un hombre manteniendo el equilibrio en una carrera de velocista increíble al salto de los obstáculos en el cableado eléctrico. —Kaiza —dijo su madre viéndola desde el retrovisor. Ella continuó perdida en el individuo ficticio—. Espero un comportamiento aceptable a nuestra distinguida posición. —Como quieras —respondió con desdén. —¿Puedes responder alguna vez como una persona madura? —¿Madura? —chistó viendo el tigre con una sonrisa burlona como si el peluche fuera su confidente. —No discutiré contigo —dijo entornando los ojos. —¿Y por qué sigues echando leña?  —¿Puedes callar? —Hundió los dedos en el cuero del volante. —Me gustaría pero mis labios se mueven solos —replicó Kaiza. El silencio duró un tiempo adecuado para preparar las trincheras y acomodar el arsenal de respuestas. —Kaiza —suspiró—. Tal vez no sea la mejor madre, pero podemos tratar de llevarnos bien. —Me abandonaste en una gasolinera mientras mi padre compraba la comida en la estación de servicio —dijo con la voz quebrada—. ¿Quieres forzar mi corazón a quererte al aparecerte después de doce años de ausencia? —Fue mi error y espero un día lo perdones —dijo en un intento de no ceder a la culpabilidad. —No te perdonaré —contestó tajando la conversación. —Eres joven y espero tu perdón en la adultez —dijo estas palabras más en consolación a si misma. —Por un pene podrido en billetes una v****a hace cualquier cosa, ¿así pensabas? —Kaiza quería enterrar una estaca en el cuello de su madre, recordando el despecho de su padre. —Disfrutemos del viaje —cortó ocultado el espejo de la mirada en la película de tristeza. Kaiza aferró en un abrazo al tigre que le había regalado su protector a los diez años. En las páginas de los lóbulos organizadas en tomos extensos, líneas de soledad profunda versa en prosas el abandono. El padre había cuidado de ella cuando la madre emprendió fuga al Sector 25-H por el amorío de un empresario de la alta sociedad. Solos en una estación de servicio a merced de transeúntes del bajo mundo, dios se apiadó de aquellas almas para decirles que el infierno aún no les corresponde. Camioneros encontraron a Kaiza en un pozo séptico chillando, su padre corrió al socorro entre los brazos de un fornido ser que les regaló el retorno al hogar. Se alojaron en un motel a mitad de camino que daba acceso a un bosque seco como la vida infértil que azotaba Celis desde hace setecientos años. La madre de Kaiza era parecida a ella, un retrato de cabello liso, pómulos rellenos, ojos penetrantes comparados a pozos. En las noches vestía siempre con una bata y se desnudaba para dormir. Kaiza estaba jugando con el tigre hasta que llegó su madre cruzando el umbral de la habitación, cuya formación habitacional sería de dos camas separadas, unidas a las paredes de segunda mano que perdían la capa de pintura en un marchitar de humedad, producto del aire acondicionado que emitía un zumbido espectral. —Cierra los ojos —dijo su madre ocultando las dos bolsas de comida en la espalda. —Creía que te habías ido para no volver —dijo Kaiza. —Ciérralos —insistió con una sonrisa de televisión. —Sorpréndeme desapareciendo —dijo al llevarse las manos a los ojos. Dejó caer la bolsa con una mancha de aceite por lo bajo. Ella que lo había visto todo por un resquicio del dedo portador de acusaciones, sonrió por dentro. —Tu favorito: pollo frito, costillas de cerdo y papas extra grande. —¿Y el juguete, maga de comedia? —preguntó Kaiza tratando de no sonreír. —Está dentro, ábrelo —dijo al sentarse en el colchón. Desenredó el nudo que solo un villano desea tu mala suerte en la frustración para romper el plástico. El aroma despertó el apetito del estómago en un rugido de oso cavernario; vio el juguete como cualquier joven de su edad que trasciende la necesidad de no desprenderse de la infancia. Esta vez sonrió. Lo tomó en sus manos, un tigre de madera que parecía tener una apertura en el lomo, captando su atención una servilleta con tinta. La extrajo y leyó en ella. Te quiero, Kaiza. Aquella noche durmieron abrazadas por primera vez en doce años. No la perdonaba, pero comenzaba a sentir la luz iluminar el sendero, una ruta ciclónica que derrochaba huracanes en nobleza del resentimiento. *** 16 horas antes. Lakai vivía en el apartamento de su tía, una devota a las artes escénicas que daba la dignidad a cambio de ver feliz a su sobrina en el vasto sepulcro a pasar la existencia. En un gramófono que le pertenecía al difunto tío, practicaba las danzas que veía de las obras de Trishna en la televisión monocroma que a penas podían tener. La sala del apartamento era un rectángulo adornado con sofás de terciopelo barato, desgastados con resortes a la vista y escondite del ratón. Cuadros moribundos que le harían falta un cariño del artesano reparador para restaurar los paisajes inundados de maleza. De la repisa que estaba cerca del televisor, están las colecciones del tío que en el exquisito postre orquestal, era un sabio de mil saberes. Tomó su favorito. Canto a la Garza. Buscó el casete de un cajón carcomido por las ratas e introdujo en la videocasetera La Vida de una Garza. En la caja protectora, su artista de ilusión, aparece en un vestido blanco rodeado de plumas, cabello recogido y manos como pies igual de gráciles.  Dio inicio al gramófono que giró el disco para reproducir una sonata acompañada de una ópera angelical. Era su escape a la realidad, vivir en sus sueños respirando una oportunidad que desea tener, se hacía un nudo en la garganta, reprimía cada tosco momento que la impresión de la objetividad dejaba en ella. Vestida al candor de la nieve, ataviada con plumas de cartón, una cinta negra pegaba el papel en la herida que había dejado aquella profesora majadera. Bailaba y bailaba, creía hacer arcoíris en cada arco, crear chispas en la punta de los pies. Embelesada e inspirada, olvidó por un momento la decadencia y al extender los párpados, vislumbró el teatro con un público obnubilado a la expectativa de sus pasos. —¡Lakai tus padres llaman! —gritó la tía desde su alcoba. Pareció caerse de un techo a las alturas de un piso catorce, rompiendo la esencia del escape. La tía Gracel salía a pequeños pasos para su edad de sesenta años con el teléfono, sus anteojos antiguos delataban el tiempo en el que se estancó. Tenían una bolsa térmica para el cabello y una crema en el rostro que le combinaba a juego con la bata vino tinto. —Preciosa, atiende —extendió el teléfono. Lakai, con una sonrisa que iluminaba su rostro en pequeños trozos reflectores de felicidad, escuchó la voz de la señora Flores, su madre. —¿Cómo está la futura bailarina del sector 25-H? —dijo Flores con entusiasmo. Lakai hizo una sonrisa nerviosa. —Bien mamá, ¿cómo estuvo el viaje? —Agotador y aburrido, viajar en avión sabes que no me agrada del todo. —Dile eso a padre. —Es un amante de los pájaros de hierro... Se escuchó un leve forcejeo y unas risas. —Garza —dijo la voz de su padre, el señor Ranno. —Papi —dijo Lakai dando un saltito. —Tu madre no está hecha para divertirse, es aburrida y desaprovecha la comida gratis. —No es gratis, viene contado al pasaje —dijo la voz de Flores. —No le prestes atención, la comida gratis de la aerolínea es lo mejor que el gobierno pudo haber invertido. —Me complace oírlos tan felices —dijo Lakai con un brillo de alegría en los ojos. —No lo estaremos hasta que estés con nosotros, mañana es la reunión en el edificio cercano al teatro central —explicó. —Les deseo lo mejor, padre, madre, por nuestro futuro —dijo Lakai esperanzada. —Por tu futuro, hija —dijo Ranno—. Estamos en el sacrificio de hacer lo mejor para ti y tus sueños es surgir en el Sector 25-H, las oportunidades que tomamos es por tu felicidad. —Los amo —dijo Lakai llorando, su tía se acercó para rodearla en un abrazo. —No llores mi garza, recuerda cantar a la vida en tus pasos —dijo Ranno. Flores arrebató el teléfono. —Y no olvides que siempre te vamos amar cuando despegues lejos de nosotros —dijo Flores. —Eso nunca —dijo Lakai, recuperando ánimo. —Debemos colgar, te amo Lakai, las llamadas son costosas aquí. —Te amo, mi Garza —dijo la voz de Ranno en el fondo. Colgaron. Lakai abrazó a su tía que sostenía el teléfono entre las manos. —Irá bien, pequeña —decía Gracel—. Cumplirás tus sueños lejos de aquí. *** 14 horas antes. —Central 45, sector 25-H. Ondas de radio en la psicofonía estática de un cuarto de vigía en la torre norte del sector 41-Z. —Escucho —dijo una voz grave, masculina. —Cuatro peones entrada principal, gambito D4, sala de control, trampa elefante, puerta de embarque. —¿Caballo y torre? —preguntó la voz a la señal de radio. —Haciendo preparativos. —Procuren no levantar sospechas. —Afirmativo. Un guante n***o cortó la comunicación presionando un botón. —Haremos historia —dijo la voz. Al cerrarse la puerta que dio una entrada de luz repentina y difusa, en la mesa del radio, una carpeta con las fotografías de cada rincón del aeropuerto reposa abierta de par en par, antes de cerrarse, en un título rojo y subrayado dicta: Operación Clemencia, Aeropuerto 25-H. Vuelo 747.
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