Un par de ojos verdes estaban fijos sobre ella. Diana no dejaba de pensar y pensar, sin lograr entender que era todo eso que sentía. Por un lado, estaba aliviada de haber podido desahogar toda la frustración que sentía a causa del desapego de su madre, pero por otro lado, no dejaba de pensar en que fue muy dura con la mujer a la que le debía la vida, pero por otra parte, una voz interna le decía que no debía culparse, que no podía seguir viviendo toda su vida bajo el yugo de su madre. —¡Diego! —volvió a decir su nombre. Era la tercera vez que lo hacía—. ¿Te encontrás bien? Diana parpadeó repetidas veces y asintió con la cabeza. —Sí. Lo siento. Estaba pensando en... —Tranquilo, no hace falta que me revelés tus secretos —bromeó—. Te decía que me gustaría ver qué tal te desenvolvés frente

